Estamos en el “mes del amor” y las redes sociales, los medios de comunicación, nuestras amistades y quizás nosotros mismos comenzamos a esperar el 14 de febrero para celebrar algo que realmente es un logro: amar. Y no me refiero solamente a celebrar el amor de pareja. Me refiero a celebrar el amor de un padre a un hijo, el de una abuela a un nieto, el amor entre dos desconocidos que quizás al pasar tocaron la vida del otro al ceder un asiento en el metro. El amor que existe entre dos amigas, que se han escuchado por largas horas conectadas a través de un computador. El amor que hemos tenido al estar encerrados, aunque seamos jóvenes porque “este bicho no me hará nada, pero a mi abuelo sí”. Quizás tienes a alguien “especial” para celebrar ese día, pero lo cierto es que ante una realidad tan dura como la de los tiempos actuales, podemos celebrar la certeza de haber amado. Es más, de estar amando, al sacrificar nuestros intereses personales en pos de la sociedad completa. El amor de los tiempos presentes exige el altruismo colectivo. Es el amor lo que nos ha permitido llegar hasta este punto, más que cualquier política o avance científico.

 

Pensando en los grandes hombres y mujeres que han amado de forma altruista a la humanidad, quizás debido a las dificultades particulares de los tiempos actuales, he recordado a Martin Luther King. En su libro La Fuerza de Amar, describe de esta forma la historia de Juan el Apóstol cuando estaba prisionero:

“…prisionero en una isla solitaria y desconocida, Patmos, carecía de toda libertad excepto la de pensamiento, y por tanto pensaba en muchas cosas. Pensaba en el antiguo orden político y en su trágica insuficiencia y horrible injusticia. Pensaba en la antigua Jerusalén, en su piedad superficial y ritualismo formal. Pero, en medio de esta dolorosa visión de cosas pasadas, Juan tuvo también una esplendorosa visión de algo grande y nuevo.”

Leyendo esto, no pude sino remontarme rápidamente al momento en que anunciaron la cuarentena total en la ciudad en que vivo. En mi propia casa, en más de algún momento, admito que me sentí prisionera. La verdad es que nunca me había cuestionado el tener algo tan básico como la libertad de desplazarme. Y no solo prisionera por una ley o normativa, prisionera porque mi vida podía correr un serio riesgo por simplemente ir a comprar comida. La mía y la de todos con quienes vivo. Me sentí atrapada por algo que ni siquiera podía ver. Juan vivió lo mismo, obviamente, de una forma mucho más extrema y aun así “tuvo una esplendorosa visión”.

El capítulo donde se cuenta esta historia se llama “Las tres dimensiones de una vida completa”. Curioso título y llamativo, porque es algo que todos queremos y que quizás hoy sentimos un poco lejano. Usted dirá las tres dimensiones seguramente son la familia, el trabajo y la pareja. Pues bueno, la visión de Juan nos enseñó algo más simple y profundo, describiendo una “ciudad perfecta”. Soy arquitecta y créame que ciudades utópicas existen muchas, así como también hay miles de personas trabajando para que esa realidad pueda materializarse, sin embargo, todas las ciudades y civilizaciones que describe Luther King tienen un “pero”: Grecia era llena de sabiduría, pero estaba basada en la esclavitud; la sociedad occidental está llena de avances, pero se basa en el materialismo. Ciudades y sociedades magnificas, pero imperfectas.

¿Entonces, como era la ciudad perfecta de Juan? Luther King la describe así:

“…Cuando Juan describe la ciudad de Dios, describe en realidad la humanidad ideal. Dice, en sustancia, que la vida perfecta es completa en todas sus dimensiones… la vida debería ser fuerte y completa en todos sus aspectos. Toda vida completa tiene las tres dimensiones sugeridas en el texto: longitud, latitud y altura. La longitud de la vida es el impulso interior para alcanzar los fines y ambiciones personales de cada uno… La latitud de la vida es la preocupación exterior por el bienestar de los demás. La altura de la vida es la aspiración ascendente hacia Dios. La vida, en su mejor momento forma un triángulo equilátero. En un ángulo se sitúa la persona individual. En el otro ángulo están las demás personas. En el vértice se encuentra la Persona Infinita, Dios. Sin el desarrollo necesario de cada una de las partes del triángulo, ninguna vida puede considerarse completa…”

Quizás podríamos resumir este triángulo como el amor propio, el amor al otro y el amor a Dios (un amor hacia algo no terrenal, sino espiritual), pero lo más esencial es que para tener una vida equilibrada debemos amar.

En este sentido, y en particular, en este mes del amor, luego de un poco más de un año en que hemos vivido varios capítulos del libro de las catástrofes, hemos tenido que amar como nunca: hemos pensado en la realidad de los demás, hemos hecho sacrificios por conservar nuestra vida y la del otro, nos hemos encerrado por voluntad, porque somos, de hecho, libres, y esa voluntad ha sido motivada por el amor. No puede ser verdaderamente motivada por nada más, porque ¿quién no ha tenido miedo de contagiar a alguien y por eso se ha cuidado más a sí mismo? Bueno, eso es más que solo amor, eso es amor maduro. El amor es el músculo que más hemos ejercitado, mientras nuestros cuerpos eran custodiados detrás de los muros de nuestras casas.

Probablemente, este año le salvaste la vida a alguien sin saber, en amor, a uno que quizás no conoces. Ya lo dije, este es el tiempo del amor altruista.

“La pregunta más urgente e insistente de la vida es: ¿Qué haces por los demás?”

 

Hoy podemos celebrar esta respuesta. La que tienes en tu corazón. Y tu premio será que luego de una época difícil tu vida llegará a ser más completa, y si aún no lo es, no es tarde.  Ya sabes lo simple que es la receta:

“¿Qué consecuencia extraeremos de todo esto? Ámate a ti mismo, si esto significa interés racional y saludable hacia ti mismo. Ésta es la longitud de la vida. Ama al prójimo como a ti mismo. Esto te han mandado y esto es la latitud de la vida. Pero no olvides nunca que existe un primer mandamiento todavía más importante: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Ésta es la altura de la vida. Sólo mediante un desarrollo esforzado de todas las dimensiones podréis vivir una vida completa.”

 

Entonces, conociendo esta gran reflexión de un hombre altruista, comencemos este año renovados por la fuerza de amar y amemos sin peros.

Si quieres leer el libro completo de Martin Luther King, La Fuerza de Amar, puedes descargarlo en este link: